¿Tiene el Hidrógeno Verde un problema de agua o de percepción?

Cuando la percepción pesa más que los números

En los últimos años, el hidrógeno ha pasado de ser una tecnología de nicho a ocupar un lugar central en la conversación energética. Sin embargo, a medida que avanzan los proyectos, también lo hacen las dudas. Una de las más recurrentes es esta:

“¿No consume demasiada agua?”

La pregunta es legítima. Pero la respuesta, como suele ocurrir en energía, necesita contexto.


1. El mito: ‘El Hidrógeno consume demasiada agua’

La base técnica es sencilla. Desde un punto de vista estequiométrico, producir hidrógeno por electrólisis requiere unos 9 kg de agua por cada kg de hidrógeno, aunque en la práctica se sitúa en torno a 10–11 litros/kg

Sin embargo, para ser honestos en el debate público, debemos mirar el proceso completo. Al incluir el acondicionamiento del agua y el enfriamiento de los equipos, el consumo real se sitúa en un rango de 27 a 48 litros por kg de H2. Aunque este número es superior al mínimo teórico, sigue siendo moderado dentro del contexto industrial y absolutamente manejable.

Este rango está respaldado por organismos internacionales como el World Economic Forum y el U.S. Department of Energy.


2. La realidad: Comparado con la agricultura o la energía fósil, el hidrógeno es un ‘ahorrador’ de agua

El dato aislado dice poco; la clave está en la comparación. El hidrógeno no aparece en un sistema “vacío”, sino que llega para sustituir modelos mucho más intensivos en recursos:

«Poner el número en contexto: lo que no solemos comparar»

Un consumo de 10 litros puede parecer elevado… hasta que se compara. Aquí es donde cambia la perspectiva:

  • Frente a los combustibles fósiles: Una economía global de hidrógeno consumiría unos 21 mil millones de m³ de agua al año. En contraste, la industria actual de combustibles fósiles consume 31 mil millones de m³. La transición al hidrógeno verde generaría un ahorro neto de 10,000 millones de m³ de agua dulce anualmente.
  • Frente a otros sectores: El consumo proyectado para el hidrógeno es 50 veces menor que el de la agricultura de regadío, que consume más de 1,100 mil millones de m³ al año.
  • En la vida cotidiana: Mientras producir 1 kg de H2 requiere unos 37 litros (promedio), una ducha de 5 minutos consume entre 50 y 100 litros, y 1 kg de carne de vacuno puede requerir hasta 15,000 litros.

«El H2 se integra en un modelo donde el uso intensivo de agua ya es estructural.»

Y, sin embargo, rara vez cuestionamos esos otros consumos con la misma intensidad.

Los números:

3. Agua consumida vs. agua utilizada: una diferencia clave

Aquí aparece un matiz técnico que rara vez entra en el debate público. No toda el agua utilizada en procesos industriales se “consume” en el mismo sentido. En el caso del hidrógeno:

  • El agua se separa en hidrógeno y oxígeno
  • El hidrógeno se utiliza como vector energético
  • En aplicaciones como pilas de combustible, el proceso inverso genera nuevamente agua

«El ciclo no implica necesariamente una pérdida irreversible del recurso»

Esto abre la puerta a estrategias como:

  • reutilización de agua en circuito cerrado
  • uso de aguas regeneradas o desaladas
  • integración con sistemas industriales existentes

En otras palabras: el problema no es solo cuánto se usa, sino cómo se gestiona.


4. Soluciones técnicas: El mar como aliado

Sería ingenuo decir que el consumo de agua nunca es relevante. Lo es, especialmente en regiones con estrés hídrico, proyectos mal dimensionados respecto a recursos locales o en ausencia de planificación integrada agua–energía.

El reto no es la cantidad de agua, sino su origen. El uso de desalinización por ósmosis inversa (RO) elimina la competencia por el agua potable con un impacto mínimo:

  • Añade apenas $0.01 – $0.02 al coste de producción por kg de hidrógeno.
  • Su consumo energético es insignificante: representa entre el 0.06% y 0.13% de la energía total necesaria para la electrólisis.

5. Seguridad y percepción: el verdadero elefante en la sala

Si los números son razonables y la tecnología es conocida (se usa de forma segura en refinerías desde hace más de 50 años), ¿por qué existe resistencia?.

La respuesta no está en la ingeniería, sino en el fenómeno NIMBY (Not In My Backyard). El hidrógeno llega en un contexto de alta sensibilidad ambiental y desconfianza hacia las nuevas infraestructuras. La seguridad no es un terreno inexplorado; existen estándares internacionales (ISO, EIGA) estrictos y consolidados. Lo que falta es pedagogía.

«Organismos como la International Organization for Standardization o la European Industrial Gases Association han establecido marcos técnicos muy consolidados.»

La diferencia ahora no es la tecnología. Es su visibilidad.


6. El verdadero reto: aceptación social

La transición energética no es solo un problema técnico. Es, sobre todo, un proceso social. El despliegue del hidrógeno dependerá de los costes asociados, la eficiencia y, en gran medida, de la regulación.

Pero también, y cada vez más, de la capacidad de generar confianza

Y eso exige algo que el sector energético no siempre ha hecho bien:

  • explicar con claridad
  • comparar con honestidad
  • reconocer límites sin alarmismo
  • conectar con preocupaciones reales

Conclusión

El hidrógeno no es una solución perfecta, pero su impacto hídrico es moderado comparado con usos normalizados en la industria y la agricultura. El verdadero desafío no es tecnológico ni económico, es social.

El despliegue del hidrógeno dependerá de la capacidad del sector para explicar con claridad, comparar con honestidad y conectar con las preocupaciones reales de la ciudadanía. Al final, la transición energética no se construye solo con cifras de litros y kilovatios, sino con la confianza de la sociedad que la rodea.


Rafael González Gil, PhD

Dpto. Técnico de Desarrollo de Proyectos
División Hidrógeno
ANSASOL